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¿Por qué somos responsables de nuestros hijos y de todo lo que aprenden?
LOS PADRES O TUTORES DE UN NIÑO SOMOS DIRECTAMENTE RESPONSABLES DE LO QUE ÉSTE APRENDA POR FORMAR SU CRITERIO Y PERSONALIDAD, AUNQUE NO SE LO ENSEÑEMOS DIRECTAMENTE.
Todas las personas estamos aprendiendo a diario, a cada momento; es decir, durante toda nuestra vida.
Esto es como si la vida fuera una libreta cuyas páginas están en blanco y cada página es un día de la vida, y los sucesos que hay en un día escribieran esta página.
Un niño tiene más páginas blancas que llenar. Los niños son altamente receptivos a todo lo que ocurre a su alrededor. Y si no existe alguna aclaración oportuna sobre algún hecho, cualquiera que sea, el niño asume las actitudes a tomar en el futuro partiendo de lo que ve y aprende.
Veamos: En una semana normal, de domingo a sábado, tenemos 168 horas en total. El niño en edad escolar asiste a la escuela 5 días (de lunes a viernes). El papá tiene una jornada laboral de 6 días, en promedio. La mamá tiene una jornada de ocupaciones domésticas o, en su caso, jornada laboral igual a la del papá.
El tiempo para el niño queda distribuido de la siguiente manera (aproximadamente):
1 semana de 7 días 7x 24 horas = 168 horas Escuela 5 días, 6 horas al día = 30 horas
Tiempo descanso-sueño 10 horas por día 7 días x 10 horas = 70 horas
Tiempo restante de la semana 68 horas
El tiempo restante es que, se supone, pasa en compañía de los padres, donde convive, aprende y se educa.
Definitivamente se pasa más tiempo en casa que en la escuela. Entonces durante este tiempo de las 68 horas restantes, ¿qué sucede con los hijos?
Si nosotros, como padres no podemos estar con ellos, sus amigos, la televisión, la nana, el tío, la abuela, una revista, el videojuego, alguien o “algo” le ayudará a escribir su página blanca de ese día, y ello se tomará su aprendizaje para definir criterios si es que no existe alguna guía pertinente.
Sólo los padres pueden educar a sus hijos Licea Sánchez, Marco Tulio Panorama, 2010
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La educación emocional desde casa
Todos podemos admitir que las emociones positivas y sanas, como el amor, la autoconfianza, la alegría, son básicas para que los seres humanos podamos vivir mejor, en todos los rubros de nuestra vida. Comúnmente solemos no admitir el papel que jugamos los padres en la educación emocional de nuestros hijos. Por lo tanto, si un niño, tiende a la tristeza, o a la violencia o a frustrarse fácilmente por cualquier cosa adversa que le presenta la vida. Pensamos que nosotros no tenemos que ver nada para que el niño se comporte y se sienta de ésta manera.
“Así es éste chamaco”, “me salió llorón”, “más vale que golpee y no que lo golpeen”, son algunas de las expresiones que podemos escuchar en un hogar al referirse a las expresiones emocionales comunes de los hijos.
Si bien es cierto que en la aparición de las emociones, juegan un papel importante las hormonas y otros agentes bioquímicos que circulan por el organismo, o que pueden inducirse o propiciarse, por algunas sustancias, que ingresan a nuestro cuerpo, como medicinas, drogas o el alcohol, o se matizan o cambian por el ejercicio físico. Un factor determinante para su aparición lo constituye la forma en que pensamos. Es decir nuestro mundo mental puede traer a nuestra conciencia recuerdos, pensamientos, creencias, imágenes, que son los verdaderos generadores de emociones. Estas emociones pueden ser facilitadoras del logro de nuestras metas y las llamamos emociones positivas, o pueden ser bloqueadoras de nuestro desarrollo y dificultar el logro del éxito que deseamos, son las llamadas emociones negativas.
La aparición habitual de emociones tanto positivas como negativas, no depende como solemos pensar, de el evento directo que estamos viviendo, sino de lo que pensamos y creemos sobre el mismo. Nuestro hijo no hizo la tarea y a partir de este hecho, nosotros podemos pensar diferentes cosas y por lo tanto sentirnos de forma variada: 1) Bueno, es que está pequeño, no lo frustraré regañándolo. 2) Es un maldito flojo, bueno para nada, le daré una tunda para que aprenda. 3) Este niño cometió un error, la llamaré la atención, es conveniente que se responsabilice con sus quehaceres, veré como consigo esto.
En la primera opción, podemos sentirnos indiferentes, hasta apapachadores, y el niño podrá seguir con su conducta equivocada.
En la segunda, se disparará nuestra ira y podemos ponernos violentos, con lo cual creamos un problema adicional.
Mientras que con la tercera opción, facilitamos nuestra conducta firme, al sentirnos molestos y preocupados por la conducta equivocada de nuestro hijo, mas no iracundos o excesivamente deprimidos.
Cuando comprendemos éste hecho, entonces podemos ocuparnos de cuidar nuestros pensamientos, guiarlos y favorecer pensamientos más congruentes con emociones positivas que a su vez, nos llevan a la consecución de metas. Sí, al logro de los objetivos que nos hemos propuesto. A la obtención del éxito.
El niño a su vez, va captando de los padres que dirigen su vida emocional, de una forma sensata. (Con más placer y menos displacer en la vida, con más gusto y menos molestia, con más de lo que se quiere y anhela y menos de lo que no se quiere). Si porque la educación en sí se mueve en gran parte por el ejemplo que los padres damos a nuestros hijos. Los padres somos verdaderos modeladores, de la “personalidad” emocional de nuestros hijos.
El niño que vive en un ambiente racional y emotivo positivo, va construyendo una filosofía de la vida, sana, congruente con lo que está viendo en sus padres y otros adultos importantes, cercanos a él. Como profesores, tíos, abuelos etc.
¿Queremos tener hijos exitosos y dueños de una vida emocional sana? Aprendamos a pensar racionalmente.
Cómo ser el director de su vida emocional Mendoza de Gyves, Agustín Panorama, 2011
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